2020LA
NIÑA MÁS
CUIDADOSA Hoy, sentada en la vieja hamaca de la abuela
Laura, veo las enormes golondrinas que
atraviesan el cielo; libres, grandes,
felices, como si nada le preocupara, igual que las flores de girasol que sirven de cerca de
esta vieja pero enorme y bien cuidada casa.
Desde lejos llega el
inconfundible olor del agraz, los grandes cultivos se extienden hasta donde mis ojos pueden ver. Estoy
tomándome un pequeño descanso antes de empezar a atender a esta multitud de gente que de otras regiones cercanas esperan ser contratadas, y de seguro muchos de ellos se quedarán en el cultivo y
es que en esta época, como ya es costumbre, se acercan muchos campesinos que
quieren recolectar el agraz, pues es
tiempo de cosecha. Quien iba a pensar que hoy mi Ráquira
gozaría de gran abundancia y
tranquilidad. Pertenezco a una de las familias más prósperas
del municipio, amo esta tierra, la misma que desde pequeña me enseñó a querer
la abuela Laura, me parece estarla viendo, con su gran pañolón blanco, sus finos
cabellos atados en una perfecta trenza, contando la vieja historia de su
infancia, aun siento el olor fresco de mi abuela, se transformaba, su cara se
iluminaba a medida que contaba cómo se
cuidaba cada elemento de su tierra. Y
así fue como poco a poco iban trayendo
más materas de barro, amontonando una tras otra, aquellas materas que por
imperfección no se llevaban a la venta, pero eso sí, perfectamente cuidadas
por la abuela, las amaba, como amaba todo lo de su tierra, materas que servían de silla para que se sentaran todos aquellos que a
eso de las seis de la tarde llegaban para escuchar sus historias, y ella, feliz de
ser el centro de atención. Contaba,
contaba en pasado, contaba en presente, ese presente que parecía estar viviendo. - Cuatro personas conformaban mi familia: mi mamá,
mi papá, Natalia y yo., pero podríamos decir que la familia de sangre porque
de corazón éramos más de cuatro: los trabajadores, Jacinta, Pirinola, Popita,
mi madrina Pancha, los 10 cerdos y las
gallinas, porque a todas ellos les dábamos tanto amor y cuidado como si
fueran de la familia. Humildes, como buenos campesinos, siempre unidos
y felices. Estudiábamos en la escuelita de Resguardo, aquella escuelita que desde que tengo
memoria ha estado allí, en la vereda de su mismo nombre,
donde recibiamos muchos conocimientos
y también nos hablaban del cuidado personal, de la familia y de
la naturaleza. Para
nosotras, ir a la escuela era una aventura nueva, pero salir
de vacaciones también, nos hacia
muy felices
porque teníamos más tiempo para estar
en casa con todo lo que amábamos Mis papás madrugaban
desde las cinco de la mañana a empezar
la labor del día, mi mamá corria a
prender el fogón de leña para preparar el primer tintico de la mañana,
y es que con solo percibir el olor a café con canela
era suficiente para trasladarnos a un cafetal entero e imaginarnos a las
pequeñas chapoleras recogerlo para nosotros, la hora del tinto era un disfrute,
todo lo hacíamos con enorme esmero y cuidado, desde el primer tinto hasta
nuestra última oración. Juntos, como siempre, papá y mamá iban a
ordeñar a Pirinola y Popita, así
llamamos a nuestras vacas, Pirinola
era la más lechera, mientras Popita ya casi no daba leche, estaba muy vieja
pero no queríamos venderla, había estado mucho tiempo con nosotros. Recogíamos
la lechecita, una parte iba para
la preparación de los alimentos y
otra poca para poder venderla en el camión de don Jacinto que pasaba en la mañana. Al llegar después del
ordeño, mi
hermana ya estaba ayudando a preparar el
desayuno para la familia y trabajadores. Llegaban a las siete para laborar en el cultivo de cebolla junto a mi
papá, él siempre los recibía con su gran sonrisa que dejaba
ver sus enormes dientes blancos, no sé cómo conseguía tenerlos tan blancos,
yo intentaba con hojas de guayabo pero no me quedaban igual. Me gustaba
levantarme temprano, con
tan solo ocho años,
pero siempre muy juiciosa, me
esmeraba muchísimo en tender mi cama, tendía
el viejo cubrelecho de retazos, regalo de mi madrina
Pancha. Estaba muy roto y aunque
pudiera cambiarlo no se sentiría igual, calientico, suave, pareciera que
estuviera hecho para mi perro y para mí. Lo primero que
hacia al levantarme era irme a bañar, entonces, me reunía con mi hermana para ayudarle a arreglar la casa, llevaba mi viejo cuaderno azul y mi pequeño lápiz para escribir qué tendría
que hacer y es que la última vez que
no escribí , se me olvidó , se me olvidó muy rápido, bastó ver pasar las
hormigas una tras otra y ver que la más pequeña se enredó en una de mis alpargates, entonces decidí ayudarla y
llevarla al frente de todas para que llegara más rápido y en eso se me
olvidó lo que tenía que hacer. Me gustaba tender las camas y barrer la casa, verme
en el piso, el piso con tableta rústica siempre permanecía
limpio, me gustaba abrir
los ventanales para mantener aireada la casa, llena de luz, sin contaminación y eso que a
lo lejos se observaba un horno de los
que aún quedaban, aunque prefería ver
la mata de guayabo, llenas de frutos verdes, amarillos y algunos casi rojos,
yo he ido a otras regiones y he comido guayabas pero no tiene el sabor de las
de la mata junto al corral de las gallinas. Alrededor de la casa
había muchos árboles y esto hacia que nuestro clima fuera mucho más fresco. Teníamos un galpón con quinientas gallinas que cuidábamos con esmero, las
contaba, una tras otra, luego las alimentaba con maíz, trigo y
concentrados, entonces llegaba mi hermana y
con mucha paciencia aseábamos el galpón para
que así mismo produjeran sus huevitos, en la tarde los recogíamos para tenerlos listos para la venta en las
tiendas y plaza del pueblo. A mí me gustaba
recogerlos, principalmente los azules, me parecía que estaban hechos de un
material diferente, siempre me guardaba uno para mí en el bolsillo de mi
delantal, salía corriendo y le decía a Rosita
que me lo preparara tibio, me gustaban y me gustan aún más. Le
decía que no le contara a nadie, aunque estoy segura que ya lo sabían,
pero prefería y prefiero hacerlo así,
a escondidas como si fuera una gran aventura. Nos encantaba ir al rio, quedaba muy cerca de la casa, nos encontrábamos con
nuestros amigos y nadábamos y jugábamos hasta que eran las cinco, la
hora de regresar a casa, pues debíamos regar todas las florecitas del jardín,
disfrutaba hacerlo, corría, llegaba de primeras;
solo pensaba que las
rosas, los jazmines y los girasoles esperaban por mí, les gustaba como yo las regaba, mi hermana no tenía el
mismo cuidado. Antes de dormir mi hermana
hacia una oración para agradecer por un dia tan lindo que habíamos tenido,
por los cultivos,
por la familia,
por los animales. Yo pedía por la vaca Popita para que nos durará mucho más,
por las gallinas que ponían huevos azules, por la mata de guayaba, porque un
dia pudiera tener los dientes blancos de mi papa y porque siempre pueda conservar
ese cubrelecho que me hacía tan feliz.
En el colegio
también la pasábamos muy bien, aprendíamos muchas cosas, había una clase en la que hablábamos sobre
el cuidado personal y cómo
debíamos dejar que las otras personas nos tratarán. El profe nos
decía que el cuidado era muy importante para nuestras
vidas, porque con el cuidado también nos podíamos defender de las cosas que
otras personas nos quisieran hacer y es que, según él, todos no éramos buenos. Yo no sé de qué personas malas hablaba, nunca había
visto a nadie que hiciera mal, o si,
tal vez… “el pecas”, así lo llamaban porque
se parecía a mí gallina saraviada y
eso justamente fue lo que le dijo un niño que se sentaba con él , esto bastó
para que se abalanzara sobre él y le diera un fuerte golpe , pero el maestro
llegó y les habló de que cada uno de nosotros somos diferentes , y debíamos valorar esa diferencia y entendí que así como las gallinas o las vacas todos somos
diferentes , pero se disculparon, ahora se la pasan jugando a las lleva de
colores y así lo hacían cada vez que
podían. -La abuela intentaba seguir pero sus palabras se
perdían, el sueño podía nuevamente con
ella. La miraban con ternura, siempre
estaban pendiente de su chal blanco, el cual caía a sus pies. Yo lo recogía, le cubría con mis manos y me
quedaba allí, hasta cuando todos se marchaban. UN CUENTO
Un
cuento, un cuento sobre el cuidado de 1500 palabras y arial 12, interlineado
sencillo. Lo de las palabras lo paso, lo del arial también, aunque lo hubiera
preferido en bahuaus 93, me parece que llamaría más la atención a los niños
cuando lo leyeran ¡ah cierto que lo pasan a un libro gordo como el que nos lee
la profe los lunes! Ya
sabía que tendría que escribir un cuento y lo había pensado desde que viniendo
de la biblioteca nos dijo la profe que éramos muy buenos contando historias y
que de seguro nos ganaríamos un concurso; cuando la escuché pensé que no era la
única que me había dicho algo así, en mi casa no paro de hablar, mi mamá dice que
esto es porque nací en diciembre y en estas fechas todos son parlanchines. ¿Qué
será eso de interlineado sencillo?, bueno ese no es el problema, igual lo voy a
enviar en hojas porque de seguro tendré tanto que escribir que si me pongo a
utilizar el viejo computador de mi tía,
mientras voy a su casa se me habrá olvidado todo. No me acuerdo muy bien lo de contar el cuento, ¿y
si creo un superhéroe?, no superhéroes no, todos contarán de superhéroes, ¿y si
cuento algo de los extraterrestres?, no
creo que gane con esa historia, ¿y si invento que cuido la naturaleza?, pero no
me acuerdo haber cuidado de alguien y tendría que inventar mucho. Llevo cinco hojas intentando escribir, pero
nada, no sale nada. Aunque pensándolo
bien creo que ya no quiero ganar, me gustaría que lo hiciera Daniel, él si
estaba interesado en ganar el premio, me dijo que si ganaba se lo daría a la
hermana para ayudarla con los medicamentos porque son muy caros y ellos muy
pobres, ¡ojalá gane!. Anoche
me sorprendí contando la plata del
premio. Mi profe habló de premio, y eso debe ser mucha plata , primero nos dijo
que si escribíamos podríamos aprovechar el tiempo, bueno la verdad eso no me
motivó, Luego dijo lo del premio, eso sí que motivo, ¿pero Daniel?, y si yo
gano, Daniel se quedará sin premio, porque estoy seguro que con lo orgulloso
que es no me recibirá la plata , claro que si me lo gano primero le compro el
collar que mi mamá siempre ha querido, ese que venden en Todo Ráquira, cada vez
que pasamos se queda viéndolo, se toca el cuello, saca la billetera pero debe
pensar: primero está la casa y la comida y el colegio. Ya
estoy como esa señora del cuento que la profe nos hizo dramatizar “la lechera”,
me gustó hacer ese ejercicio, Natalia, la niña más linda de todas trabajó
conmigo y pase tantos días repasando mi
papel… lo podría contar mil veces…. aunque valió la pena, ella me dijo que le
había gustado. Pero
bueno tengo que escribir un cuento, como quisiera que mis pensamientos se
escribieran, entonces ya tendría muchos cuentos, como uno para cada niño del
salón, pero apenas cojo el esfero ¡tan!, quedo en blanco. Me doy
por vencido, no tengo tema para ganar, me cansé de pensar en algo especial, les
hablaré de todo lo que pasa por mi cabeza mientras intento escribir mi cuento. Por
estos días no hay tanta contaminación de los hornos a carbón. La gente no está trabajando por la cuarentena; tampoco se ve
movimiento de carros, de vez en cuando
uno o dos. Se respira aire fresco y
libre de contaminación. También he
cogido mis cuadernos, he repasado las diferentes materias, he pasado más tiempo
con mi familia, me he puesto a jugar con los animalitos que tengo: Prudencia:
una perrita de mi hermana, la quiere mucho, juega con ella, la consciente, la
cuida, y le da de comer, es muy celosa, porque cuando uno consiente a otro perro se pone toda brava, y se le lanza
a pegarle; Oso mi perro, le gusta irse
para la vecindad, no se la pasa con nosotros, a veces se va y dura por lo menos
tres días sin llegar a la casa, es muy amigable con las personas, no ha hecho
caso a la cuarentena…jajaja… ¿será que a los perros se le prende ese virus?, no
lo sé, le preguntaré a mi papá; Caspa: Es un perrito que desde pequeño ha sido
muy activo, mi hermana se lo trajo de donde mi
abuelita cuando tenía cinco años, lo trajo en un costal, el nombre
de caspa fue porque el cogía los zapatos de toda la familia, y a mi papá se le
ocurrió ponerle como nombre caspa;
Pirulo es un gatico de mi
hermana, lo quiere mucho, claro que ya
exagera, ella dice que es su vida ,su mundo. Es de color negro, mamá fue la que
le puso el nombre de Pirulo. El 16
de marzo antes de iniciarse la cuarentena
a mi mamá le hicieron una cirugía, yo me quedé en casa con mi hermana,
ese día en la tarde mi papá me llamó y me la pasó y mi mamá me dijo que estaba bien.
En la noche mi mamá se quedó en el hospital de Chiquinquirá y mi papá se vino
para la casa. Y cuando llegó nos contó que estaba mejor y que parecía que al
otro día le daban de alta. Venía
muy delicada, la cuidamos con mi hermana
y mi tía Beni, la más linda de todas las tías. No podía
hacer fuerza, no podía hacer de comer, ni caminar rápido, menos mal la cirugía
se la hicieron por medio de algo que se llama la “Paroscopia”, yo no sé qué es,
pero creo que no duele tanto. Lleva cuarenta días
de la cirugía, y ya puede cocinar y hacer un poco de oficios, eso si no
puede lavar ropa. Luego
me fui a un pueblo que se llama Arcabuco con un permiso especial que le
concedieron a mi tío para que yo fuera a acompañarlo durante dos semanas,
ayudando a organizar lo de la semana santa que se hizo virtualmente en compañía
de un seminarista quien le ayuda en los oficios de la iglesia. También estaban los agentes de policía, que muy comprometidos con el pueblo ayudaron a
repartir mercados y al control de las personas cuidándolas para que no se
fueran a contaminar, ya que en un pueblo cercano llamado Togui se presentaban varios casos. Como estábamos en cuarentena
nos entreteníamos porque alrededor de la parroquia cuidábamos a un ternero. Luego
mi tío me trajo a la casa y empecé a estudiar. A veces
se torna aburridor porque no se puede salir,
pero siempre tratamos de inventar
algo nuevo, el veinte de abril iniciamos el estudio en casa, pasamos el
tiempo haciendo los trabajos que nos
mandan, en los ratos libres me pongo a
ver noticias sobre esta enfermedad que está acabando con la humanidad y con mi
papá hemos entrado a analizar diferentes aspectos sobre la problemática de la que hablan en noticias, las personas más
pobres no tienen que comer, ni para pagar arriendo, han tenido que dejar
abandonadas las mascotas, ojalá estuviera cerca, yo las cuidaría. A raíz de este problema hemos visto
geográficamente los países más pobres del mundo: el caso del Ecuador, donde la
gente se muere en las calles por falta de atención, colapsaron los hospitales porque el gobierno
no estaba preparado. Todas estas cosas
que están pasando me hacen pensar que la vida nos va a cambiar. Mientras averiguan la vacuna, mi papá nos ha
dicho que debemos seguir recomendaciones: el lavado de manos con jabón
antibacterial, evitar tocarnos la cara,
usar tapabocas y estornudar aisladamente, mi papá dice que así protegemos
nuestra vida y la de los demás, he aprendido muchas cosas, la verdad ya no me
interesan lo mismo, creo que esta situación ha hecho que quiera más a mi mamá,
a mi papá, a mi hermana, a los perros y a mi tía. Extraño a mis compañeros,
extraño el futbol. También
quiero que conozcan a mi papá, un señor
que desde que era pequeño era muy juicioso, se levantaba temprano a ordeñar
vacas, a cuidar el ganado, sacaba fique hacia lazos, mochilas, estudiaba,
trabajaba. Cuando tenía catorce años se puso a trabajar en las artesanías,
aunque no sabía cómo, en las horas libres practicaba en torno hasta que
aprendió a trabajar como tornero haciendo diferentes figuras como: violeteras,
tarros, jarrones, ollas, moyos, miniaturas. Ahora hace cualquier figura que le
pidan. Ya lo conocen personas que comercializan a nivel nacional, lo buscan por
bueno, también saca un tiempito para hablar con nosotros todos los días. Le gusta las noticias, el deporte, cuidar
sus animales, hacer sus huertas, trabajar con el azadón, no le gustan los problemas, vive muy pendiente
de sus cosas, es muy juicioso y buena gente, vive pendiente de su trabajo, yo
quiero ser como él. Les
dije, no alcanzará un cuaderno de ochenta hojas para contar todo lo que pasa
por mi cabeza.
Fin
Sara Ximena Rodríguez
Séptimo A PANCHITO Y EL CIENTIFICO LOCO
En un
pueblo muy lejano llamado las lejanías del cuidado, existía una aldea donde
vivía un científico loco que tenía ojos verdes,
antejos gruesos, nariz respigada,
cabello rubio despelucado y una joroba muy peculiar. Estaba inventando un antídoto para acabar con
la muerte y la gente fuera feliz por siempre. Pero con sus locuras, no supo que
fue en realidad lo que creo. Cierto día cualquiera llega a visitarlo un vecino
que vivía cerca de la casa del científico.
Panchito, así se llamaba: hombre gentil, con ojos redondos de color
caramelo, vestía largos pantalones
marrones, su camisa de color mostaza, su zapatos era muy graciosos, alargados
en la punta como los de un payaso, tan gracioso era que cuando pasaba salían a verlo.
La amistad que mantenía con el científico era de muchos años. Panchito
entró a la casa del científico y se dirigió
al laboratorio, atravesó un
laberinto largo y muy complicado, así lo había diseñado el científico para que
solo unos pocos se atrevieran a pasar. Al llegar observó sobre su mesa un
invento de forma de frasco muy brillante
de color violeta que Panchito nunca
había visto, sintió curiosidad de ver ese brillo tan hermoso y le
preguntó al científico ¿Qué es lo que tiene ese frasco brillante de color
violeta?, el científico le contestó con mucha preocupación, ¡Ten mucho
cuidado!,- no es lo que crees, estaba creando un antídoto muy
poderoso pero se ha convertido en un virus letal. Panchito
miraba y miraba con demasiada curiosidad, se acercó pero sus enormes zapatos lo
hacían tropezar, el frasco cayó lentamente y se rompió, se regó por todo lado el brillo de color
violeta, el científico se enfureció con panchito, -¿Qué
hiciste? - ¡Qué
gran tragedia para nuestro pueblo has desencadenado!, enfermedad y muerte. -Hay
que informar a todos los habitantes para que tengan mucho cuidado: corre, diles
que tomen grandes precauciones para que no llegue a sus hogares, porque esta
enfermedad les dará unos síntomas muy agresivos como, fiebre, dolor de cabeza,
tos seca, dolor en las articulaciones, congestión nasal, diarrea y lo peor
dificultad respiratoria hasta producir la muerte. Panchito
muy asustado salIió de la casa del científico corriendo y gritando a mil
vientos – “se viene una gran tragedia”.
Previno a toda la comunidad del
pueblo, pero nadie le creyó, lo hacían pasar por loco. Pasan
los días y las semanas, los habitantes empezaron a enfermar y a tener los síntomas de tal
virus, muy preocupados el científico y Panchito tomaron la decisión de aislar a todos los enfermos en
una aldea no muy cercana llamada Guapí que se encuentra a cinco horas de aquel
lugar, además pegaron en las puertas de la casas la siguiente información:
No salir a la calle Lavarse
las manos frecuentemente Usar
tapabocas Conservar
distancia
La
población se mostró indiferente, solo estaba
preocupada por cómo se iba a subsistir
por esos días. El
científico con la ayuda de Panchito, trabajó día y noche para obtener la cura. Aunque
aparecieron los primeros muertos, los habitantes continuaban sin seguir las medidas sugeridas. Su
irresponsabilidad provocó que el virus se
expandiera y se creyó una
pandemia incontrolable, pidieron ayuda a
los pueblos vecinos, pero nadie quería contagiarse. El científico
desesperado mandó a Panchito a una ciudad muy lejana para traer una planta de
Moringa pues contiene elementos curativos. Veinte días duró el viaje, pues en el camino debió sortear muchas dificultades. Cuando
panchito llegó por fin a su pueblo encontró que el científico también había
enfermado y le costaba coordinar; entendió que ya no podrá hacer su trabajo. Desesperado
buscó en las cosas del doctor alguna fórmula mágica para ayudar a su pueblo,
pero no la encontró, aunque había acompañado muchas veces a su amigo, solo él
tenía la fórmula mágica. Panchito lloró
amargamente y pensó en que no podía hacer nada, se sintió inútil, era alguien, porque era amigo del
científico, nunca había hecho nada bueno
por nadie, solo había provocado risa por
su forma de vestir, no tenía nada que
dar. Era el fin. Sentado
en el laboratorio observó un frasco de color verde esperanza, que tenía las instrucciones del cuidado que todos deben
seguir. Se levantó, lleno de valentía convencido de lo que debía hacer. -
“moriré con ellos se dijo.- los cuidaré, cada dia, cada instante”. Inició
su labor a la primera hora, se puso sus implementos e iba casa por casa,
repartiendo tapabocas, ayudándolo a los
ancianos, enseñando a los niños, educando a los adultos, solo el sueño lo
vencía, y así lo hacía días tras día. Comía
muy poco es que no tenía tiempo, debía seguir buscando alimento para los más pobres,
ayudando a los más ancianos a pasar sus días, bañándolos, contándoles
historias. Los cuidó a todos. Pasaron
tres meses desde aquella labor, ahora esta
delgado, ahora no tiene la misma energía, se siente cansado, pero sigue, va
todos los días a ver al doctor, lo cuida como a un niño, y esto parece estar
funcionado. Cesan
de haber contagios, ya no hay muertes, los habitantes parecen haber aprendido
la lección, o tal vez los fuertes
vientos que vienen del desierto se han llevado el virus, o quizá la constancia
de panchito ha dado fruto. El
científico se recupera al igual que su pueblo, al terminar de hacerle la prueba
al último niño se da cuenta que están curados, sin su antídoto, sin
medicamentos, están a salvo. Cuando
el científico les da la noticia corren a buscar Panchito para decirle que su
labor ha salvado al pueblo, es un héroe. No lo
encuentran, lo buscan en su casa pero no hay nada, algún niño grita:- “miren
encontré sus zapatos azules” los tenía un humilde anciano, al igual que su
camisa de color mostaza. -Un
hombre vino hace un par de días, vio que tenía frio y me los regaló. Afirmó el
anciano. Una
triste brisa recorrió los rostros de todos. Lo encontraron a las pocas horas, su
rostro sin vida parecía sonreír a la orilla de plaza principal.
Ahora, cuando han pasado los años, nadie que viene a este pueblo se va sin dejar una flor en la estatua del parque, donde reposan los zapatos alargados de un héroe Liceth Salamanca 7A LUIS, UN EXPLORADOR FELIZ
Era un
día lluvioso, Luis como siempre se había
levantado muy feliz para ir a disfrutar uno de los días más maravillosos
de su vida, le gustaba la lluvia, pues él sabía que si había lluvia habían ranitas. Su
madre, Lolita, una señora con una
cabellera muy brillante, le servía el desayuno
mientras él se alistaba, siempre bajo su protección, aunque nunca
conoció a su padre, la verdad no le había hecho falta, pues su madre hacía por
los dos. Para
Luis, el desayuno se veía muy delicioso, era changua con envueltos de
maíz, así que se sentó en la mesa y
desayunó. Al poco tiempo, salió de la casa
con su madre, con quien ordeñaría las vacas, se puso la ruana, la gorra verde y sus botas azules. Por el
camino, Luis le contaba a su madre lo feliz que se sentía de vivir en el campo,
encantado veía como las ranitas saltaban mientras llovía y no se detenían ante ningún obstáculo. Mientras
la madre ordeñaba las vacas, Luis se
quedó pensando cómo sería el lugar en el que habitaban las ranitas… Si su casa era techada, si tenía ventanas y todo esto para que no se
entrara el frio. Entonces ¿Cómo podría
ser la casa de las ranitas? Fue así como Luis decidió devolverse a aquel
charquito en el que las ranitas saltaban
sin detenerse y seguir a una de ellas. Al
llegar encontró a una ranita pequeñita
que estaba saltando sin parar, se
veía muy feliz, pero al ver a Luis,
salió saltando muy asustada, Luis trataba de seguirle los pasos, pero ella era
muy rápida. A veces se le perdía entre el pasto, pero lograba
verla cuando esta daba grandes saltos. Fue
así como la ranita llegó a un charco grande,
Luis iba tan rápido que no logró detenerse y ¡pum!,
allá cayó en el charco,
llenándose de lodo y mojándose toda la ropa; hasta sus botas habían quedado llenas de
agua. Tal
fue la sorpresa de Luis, que al pararse de aquel charco, abrió sus ojos y ve muchísimas ranas, ya no sabía a cuál de ellas había seguido, era
asombroso, se le ocurrió pensar, que en
realidad había llegado al pueblo de las ranas, no veía casas, pero si las veía
felices saltando de piedra en piedra, se
quedó viéndolas sonriendo tranquilo, pensó en que tal vez tampoco tenían padre
como él, pero eso no las detenía para saltar igual; aunque de seguro, si debían
tener una mamá que las cuidaba, o tal vez todas cuidaban de todas . En ese
momento, Luis empezó a saltar de alegría junto a cada una de las ranitas, hasta que pensó en lo preocupada que estaría su madre buscándolo,
fue así como decide devolverse al potrero donde su madre estaba ordeñando
las vacas, pero no sabía cómo hacerlo,
ya que de la rapidez con la que iba persiguiendo
a la ranita, no recordaba muy bien. Luis
empezó a buscar el camino tan desesperadamente que terminó muy cansado, se sentó frente a un árbol y se quedó
dormido. En ese instante la madre llegó, lo llevó en sus brazos y lo recostó en su cama. Cuando
Luis despertó, recordó aquella
experiencia tan fantástica que había vivido
y se la contó a su madre, se había perdido, pero había sido maravilloso
ver cómo era el habitad de las ranitas
que tanto veía saltar cuando llovía. jennifer Natalia Sierra 6A
LAS AVENTURAS DEL DELFÍN ROSADO En
cierta ocasión existió un delfín que tenía algo especial, su color era rosado,
lo que provocaba el desprecio no solamente de los animales de su misma especie,
sino que los demás animales del océano. Nunca entendió porque si todos eran de
color blanco o gris, él tenía que nacer rosado. Desde
muy pequeño aprendió a tener la soledad por compañía, se había acostumbrado a
las burlas y señalamientos cuando nadaba cerca a otros animales, pero nunca
perdió la esperanza que su color cambiara o que algún dia aprendieran a
apreciar su diferencia. se esforzaba por
ser amable, colaborador, si alguien necesitaba ayuda él lo hacía, aprendió a
hacer los trabajos que los demás rechazaban , aprendió a limpiar los desechos que botaban, a ayudar a nadar a los más pequeños, quitaba
los restos de botellas que los humanos botaban al mar, para que todo pareciera más agradable, tal
vez, esto hizo que desarrollara gran
fuerza y entonces cuando algún animal quedaba atrapado en alguna red,
simplemente esperaba a aquel delfín rosado que sin pensarlo dos veces se
apresuraba a soltarlo; aunque nunca
recibió un gracias tampoco pareció necesitarlo. Aprendió a estar lejos de ellos
pero a la vez cerca. Al
llegar la edad adulta algo cambió y no
precisamente su color, sentía diferente cuando aquella hermosa delfín, de un
profundo blanco con algunas manchas grises, pasaba cerca de él. Tenía muchos pretendientes, quizá sus
manchas profundas atraían a los de su especie, claro que sin manchas o con
manchas a él le hubiese dado igual. Lo
que realmente le atraía era verla nadar, nadaba diferente, parecía que nadaba
disfrutando cada segundo, nadaba feliz. Quería
hablarle, quería acompañarla, quería nadar a su lado, pero siempre que se le
iba a acercar, otro delfín se le adelantaba, además, sus temores lo hacían
retroceder. Un dia se llenó de fuerza y la esperó detrás
del arrecife coralino de color rosado,
le generaba confianza, y le habló. Bueno, la verdad solo dijo: un simple -¡que arrecife
tan lindo! ¿No te parece? Pero pareció todo lo contrario, quizá sonó muy largo o tonto, pues no respondió,
hizo como si nadie le hubiera hablado. Nada
le había dolido tanto como aquel desprecio. Triste y desilusionado, con su autoestima en el fondo del océano, sintió que
no valía nada, que era cierto lo que los demás animales le decían, poca cosa, raro, nadie lo podrá querer. ¡Qué lejos estaba de conocer su grandeza!, lo
que no sabía en verdad es que era un
animal extraordinario e importante para toda la humanidad y uno de los más
amados por los niños. EL
delfín rosado sin conocer nada de todo lo que le esperaba, decidió nadar, nadar
y nadar, no le importaba donde fuera a llegar, lo único que quería era
desaparecer de aquel lugar. Luego de
nadar durante dos meses sin descanso divisó una isla, donde la arena era de
color verde-rosado, como él. Después de pensar por una largo tiempo decidió ver
la isla de cerca. Se sorprendió ante la gran cantidad de animales y corales
hermosos, de todos los colores, verdes, rosados, azules, cada uno con un oficio
particular, parecía que todos cuidaban de todos, cada uno cumplía una misión particular.
No había oficios malos, ni tontos, ni pequeños, ni mejores, simplemente
servían. Eso era lo que le daba su valor
a aquel lugar, y sonrió. Su cara se iluminó, pareció que su color
rosado se volvía más brillante, por primera vez no le importó, sintió que
siempre había pertenecido allí. Empezó
sentirse amado, respetado, y es que además de, servicial, era compresivo, los
escuchaba. Luego de pasar tres meses
allí, no entendía por qué aún se sentía
triste, si todos hablaban de su gran belleza por fuera como por dentro y si
tenía tanta sabiduría, ¿por qué no lograba aplicarla a su vida?, decidió
mentirles y ocultar su pena. Solo hablaba de lo feliz que lo hacía ese lugar. Un
día, el delfín se fue hacia un lado de la isla donde nadie lo viera y se puso a
llorar, sin querer iba pasando por allí un pez amigo, quien se sorprendió al
ver su llanto, él le contó lo que le sucedía, el rechazo de su amada aún le
dolía y aunque sabía todo lo valioso que era, no lograba convencerse y sentirlo
realmente, parecía que aún llevaba el peso del pasado. El pececito triste y
desilusionado por la mentira de su amigo
corrió, contó a todos los animales de allí lo que había hecho el delfín. Lo
ignoraron, otros lo rechazaron y a otros les dolió lo sucedido, aunque no le
dijeron nada. Ahora la pena era más grande, había
traicionado a los únicos amigos que tenía. Permaneció unos días más con ellos,
pero no se perdonaba el haberles mentido. Decidió
irse. Era la última noche que pasaría en aquel arrecife, se sentó a verlo por
última vez, a disfrutar su color, - todos habían hecho una gran labor, pensó, “que buenos son”, aunque la verdad,
ahora había algo que no lo dejaba admirarlos de la misma manera que antes, pero
no sabía que era. Absorto
estaba en sus pensamientos cuando vio a
lo lejos a tres personas, no era la primera vez que veía a la gente de la
superficie, gritaban, parecía que se estaban ahogando, pensó en quedarse sin
hacer nada, pero algo se movió en él, decidió acercarse aunque con temor; fue
cuando descubrió que su bote había naufragado y aún estaban lejos de la playa,
morirían sin remedio. Se lanzó a
ayudarlas pero un pensamiento lo detuvo, eran malos, sí claro, malos, eran los responsables del desperdicio
que el encontraba en el océano, los animales les temían, ensuciaban sus aguas,
las que el cuidaba con tanto esmero, y no eran animales como los que el
ayudaba, aunque en ese momento también recordó que en su antiguo hogar lo veían
así "diferente " así que se lanzó en su ayuda. Consiguió
unas algas grandes con las que las trato de amarrarlas y con esto llevó hasta la isla, Las
dejó encima de la arena y desde el mar esperaba a ver que sucedía. Cuando al
fin parecían volver en sí, iniciaron a hablar de su accidente, del bote, de lo
lejos que estaban de su casa, de lo afortunadas que eran de haber sido salvadas
por el delfín rosado y ellos que
pensaban salvarlo a él El
delfín estaba confundido, nunca había escuchado que algún otro animal
entendiera el lenguaje de los humanos, pero él lo hacía. Decidió acercarse, ¡que
podría perder!… y le sonrieron, en sus ojos no había maldad, había admiración, ternura. Lo veían maravillados, asombrados, como cuando
el vio el arrecife por primera vez. Lo acariciaban, podía sentir su calor, tal vez los humanos se
parecían a los animales más de lo que hubiera imaginado, tal vez tenían muchas
cosas en común. Se quedó quieto, dejando
que lo admiraran, “tal vez no saben que los delfines no somos de color rosa”,
se dijo. Se llenó de valor y les habló, y ellos
parecían entenderle, les dijo lo mismo que a la delfín- que arrecife tan
lindo ¿no les parece?, y no se alejaron,
se quedaron, y respondieron y vio agua en sus ojos, les corría agua en sus
ojos, no sabía que los humanos podían producir agua. Les
contó su historia y los tres se veían felices, no entendía por qué.
Él solo era diferente, ¿por qué entonces
sentía tanta bondad?,. Lo
abrazaron y volvió a ver agua en sus ojos, le contaron como por años lo habían
buscado; que pertenecía a una especie
valiente y buena encargada de mantener limpios los océanos, pero poco a poco, habían desaparecido. Eran los mejores amigos de los humanos y los
niños los adoraban, solo los podían ver
en sus grandes libros. Los científicos habían
escuchado de dos últimos delfines rosados, habían encontrado a la hembra, y
aunque estaba muy bien cuidada, algo le faltaba, un compañero. Antes
de partir se despidió de sus amigos, ¡si amigos! Porque no importa lo que hubiese pasado
siempre serían sus amigos, porque se llevaba lo bueno de ellos, al igual que se
llevaba el recuerdo de la gran belleza
de la delfín que nunca le hizo caso. Todos
los animales lo escucharon en silencio, parecía que aun, en esta despedida los
ayudaba, reconocían su error, lo habían juzgado muy duro, no eran tan buenos
como ellos creían. Entonces
saltó al mar, libre, realmente libre, feliz, sentía que su búsqueda había
llegado al final. En
el viaje a su hogar definitivo ya no tenía miedo, ni de que lo rechazara la
delfín, porque podría hacerlo, no importaba, su felicidad no dependía de ella,
estaba en su corazón y nadie podría arrancarla, ayudaría, cuidaría, amaría a
todos y a todo sin importar nada, y no era su color lo valioso, ni el
comunicarse con humanos, lo realmente importante era él y su gran corazón. Maria Isabel Rodriguez 7A |
CUENTOS IESAN
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Esta bueno!
ResponderBorrarQue cuento, tan bonito. Mis felicitaciones a la autora.
ResponderBorrarme parece muy buena la redacción, muy interesante.
ResponderBorrarMe parece que los niños redactan bien y que tienen mucha imaginación.
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